CANDELABRO
DESEO CARNE VOLUNTAD (2025)
Deseo, Carne y Voluntad (2025) es el segundo disco de la banda nacional Candelabro. Incómodo, denso, imposible de ignorar. Con este segundo LP, Candelabro no solo expande su sonido, sino que construye una catedral profana hecha de culpa, bandera y carne viva. Durante una hora y trece minutos, la banda convierte imaginarios cristianos y símbolos nacionales en materia emocional y popular, despojándolos de solemnidad para devolverlos a la calle. Lo que prometía ser un disco ligado a la cultura chilena termina siendo una radiografía brutal del presente: narcotráfico, clasismo, salud mental, hastío y una fe que se arma con restos.
Musicalmente, el asunto es maximalista y sin pudor. Hay algo de la escuela de Congreso filtrada por el lente del post-rock anglo y un ADN “spinetteano” que coquetea con lo literario —sí, incluso con ecos de Gabriela Mistral—, pero todo pasado por una centrifugadora de nerd rock emocional. El saxofón corta como sirena de patrulla, los arreglos orquestales expanden el encuadre y las armonías complejas sostienen un dramatismo que bordea lo litúrgico. No es música para playlist distraída: es una experiencia densa, bombástica y orgullosamente excesiva, donde cada crescendo parece querer derribar una pared invisible.
‘Las Copas’ y ‘Domingo de Ramos’ funcionan como díptico inaugural: primero la calma tensa, el aire antes del golpe; luego el descontrol comprimido, un grito que no alcanza a ser sonido. Más adelante, ‘Prisión de Carne’, ‘Ángel’, ‘Tierra Maldita’, ‘Cáliz’ y el cierre con ‘José’ muestran a la banda en su punto más sólido: guitarras que mutan de textura, vientos que dramatizan la escena y voces que pasan de la caricia al terremoto en segundos. ‘Liebre’ y ‘Pecado’ se mueven en un territorio más pesado, aunque sin lanzarse del todo al abismo de la distorsión total; quizá ahí vive el único dilema del álbum. En cambio, ‘Tumba’ —adelanto oficial— condensa el espíritu colectivo del grupo: coros hipnóticos, tensión volcánica y una épica que podría dialogar sin complejos con Black Country, New Road o Arcade Fire.
La producción, grabada en espacios como Estudios del Sur, rehúye la pulcritud estéril: aquí se escuchan baquetas golpeando con furia, cuerdas respirando, voces que se quiebran porque deben quebrarse. Si algo suena imperfecto, es porque la herida también lo es. Deseo, Carne y Voluntad termina siendo más que un álbum: es una declaración política sin panfleto, una recuperación simbólica desde lo popular y una apuesta por construir fe en medio del fracaso. En 2025, pocas placas del rock independiente latinoamericano se atreven a tanto. Candelabro no solo eleva su propio estándar; clava una bandera que nos recuerda que los símbolos pertenecen a quienes los viven, no a quienes los administran. Y en esa convicción arde su fuego más honesto.
Musicalmente, el asunto es maximalista y sin pudor. Hay algo de la escuela de Congreso filtrada por el lente del post-rock anglo y un ADN “spinetteano” que coquetea con lo literario —sí, incluso con ecos de Gabriela Mistral—, pero todo pasado por una centrifugadora de nerd rock emocional. El saxofón corta como sirena de patrulla, los arreglos orquestales expanden el encuadre y las armonías complejas sostienen un dramatismo que bordea lo litúrgico. No es música para playlist distraída: es una experiencia densa, bombástica y orgullosamente excesiva, donde cada crescendo parece querer derribar una pared invisible.
‘Las Copas’ y ‘Domingo de Ramos’ funcionan como díptico inaugural: primero la calma tensa, el aire antes del golpe; luego el descontrol comprimido, un grito que no alcanza a ser sonido. Más adelante, ‘Prisión de Carne’, ‘Ángel’, ‘Tierra Maldita’, ‘Cáliz’ y el cierre con ‘José’ muestran a la banda en su punto más sólido: guitarras que mutan de textura, vientos que dramatizan la escena y voces que pasan de la caricia al terremoto en segundos. ‘Liebre’ y ‘Pecado’ se mueven en un territorio más pesado, aunque sin lanzarse del todo al abismo de la distorsión total; quizá ahí vive el único dilema del álbum. En cambio, ‘Tumba’ —adelanto oficial— condensa el espíritu colectivo del grupo: coros hipnóticos, tensión volcánica y una épica que podría dialogar sin complejos con Black Country, New Road o Arcade Fire.
La producción, grabada en espacios como Estudios del Sur, rehúye la pulcritud estéril: aquí se escuchan baquetas golpeando con furia, cuerdas respirando, voces que se quiebran porque deben quebrarse. Si algo suena imperfecto, es porque la herida también lo es. Deseo, Carne y Voluntad termina siendo más que un álbum: es una declaración política sin panfleto, una recuperación simbólica desde lo popular y una apuesta por construir fe en medio del fracaso. En 2025, pocas placas del rock independiente latinoamericano se atreven a tanto. Candelabro no solo eleva su propio estándar; clava una bandera que nos recuerda que los símbolos pertenecen a quienes los viven, no a quienes los administran. Y en esa convicción arde su fuego más honesto.

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