Nacido en Ovalle en 1985, Andrés Larraín Araneda pertenece a una generación de fotógrafos chilenos que encontró en el fotolibro y el ensayo visual un espacio más libre para pensar la imagen desde la experiencia personal antes que desde el reportaje tradicional. Egresado de fotografía profesional del Instituto Arcos, su trabajo ha ido construyendo una obra coherente alrededor de la memoria, los recuerdos y aquello que permanece apenas como residuo emocional del paso del tiempo. Esa idea aparece de manera explícita en su visión de obra —“los residuos” como fragmentos retenidos por la fotografía—, pero también atraviesa toda su producción visual: cuerpos que apenas se dejan ver, calles vacías, interiores detenidos y paisajes donde el silencio pesa más que cualquier relato evidente.
Lo interesante es cómo esa búsqueda se sostiene en registros muy distintos sin perder unidad. Sus imágenes analógicas tienen una materialidad áspera y contenida, con grano visible, contrastes suaves y una relación muy física con la luz y el deterioro. En sus trabajos a color, en cambio, aparece una temperatura emocional más directa: flashes crudos, pieles sobreexpuestas, escenas nocturnas donde la intimidad se siente frágil y algo incómoda. Incluso en sus retratos hay una sensación de distancia; las personas parecen absorbidas por sus propios pensamientos mientras la cámara se mantiene cerca, pero nunca invasiva. La ciudad, la cordillera y los espacios interiores funcionan menos como escenarios que como extensiones del estado anímico de las imágenes. Hay una melancolía persistente en su fotografía, aunque siempre contenida, nunca exagerada.
Costras probablemente sea el punto donde todas esas líneas terminan de encontrarse. El libro, centrado en la sequía y el desgaste territorial del Limarí, evita conscientemente la espectacularidad de la catástrofe ambiental para concentrarse en sus huellas más íntimas y silenciosas. Ahí el paisaje aparece erosionado de la misma forma que los recuerdos: fragmentado, ambiguo, imposible de fijar por completo.
La memoria familiar, el territorio y el deterioro material conviven en una secuencia donde no siempre queda claro qué pertenece al archivo y qué al presente, como si ambas dimensiones fueran inseparables. Más que fotografiar certezas, Larraín parece interesado en registrar aquello que permanece suspendido: restos de luz, de lugares y de experiencias que sobreviven apenas como imágenes incompletas. Y justamente ahí, en esa fragilidad sostenida sin artificio, es donde su trabajo encuentra una voz propia dentro de la fotografía chilena contemporánea.
Puedes encontrar mas de su trabajo en su cuenta de instagram
Clank es una banda formada por Jorge Ugarte en guitarra, voz y sintetizador, Ignacio Labbé en el bajo y Mauricio Vásquez en batería. Con esta agrupación, más distintos músicos invitados, en mayo del 2025 hicieron el lanzamiento del disco titulado Nada se pierde con vivir.
Para entender el sonido de esta banda, hay que remitirse a la gran cantidad de grupos en los cuales Jorge Ugarte ha participado, destacándose por ser un músico inquieto, siempre con un alma experimental que la traspasa a su música. Algunas de estas formaciones son: Leidan, Zat, Costa Rica y Federico Luppi.
El tema Golpe a Golpe, con una cadencia que recuerda sonidos latinoamericanos, invita a un baile de liberación. Larga vida al sol es lo que podríamos llamar un tema “muy Clank”: una voz rabiosa, un sonido suave, experimental y por momentos fuerte, siempre con un Groove tribal.
Siempre ilegal no es solo una oda al mantenerse en contra del sistema sino también puede entenderse como un canto a la inmigración, sobre todo en momentos en que se busca juzgar a quien viene desde otros lados. La voz de Estonia Oczara se ajusta muy bien a la potencia del tema. Bestias, en tanto, es un tema jam que bebe mucho de bandas como Sandino Rockers: bailable, punk y siempre rockero.
Mental es un tema instrumental (valga la redundancia) que sirve de entrada rabiosa a Todo todo todo, una de las canciones donde más se puede entender la filosofía de la banda. Aquí se hace una crítica a la rutina y aceptar la normalidad, aquella paz de las ovejas. Y este mensaje queda aún más claro con Tirapiedra, tema con un coro totalmente pegadizo, donde colabora el músico Katafu.
En Tómalo se aprecia el gusto por la experimentación de la banda. En el último tema, Andariego, la voz parece alargarse creando una sensación de aletargamiento como si quien cantara estuviese preso de algo de lo que necesita escapar.
Nada se pierde con vivir es pues, un disco hermoso, lleno de reminiscencias folclóricas y latinoamericanas, siempre con un contenido político que no es solo un simbolismo lírico sino también una forma de vida.
martes, 26 de mayo de 2026
SUPERTRISTE
BLOOP
Por Gonzalo Vilo
Creo que no estaba preparado para el viaje denso y emocional que propone Bloop, el disco debut de Supertriste. Nueve canciones que te sumergen en un estado melancólico y visceral, capaz de desconectarte del mundo exterior. No sabía que, luego de escucharlo, quedaría atrapado en la nostalgia, recordando el pasado y pensando en el futuro; es decir, en el sinsentido de todo.
Desde Iquique llegan estos sonidos cargados de distorsión, y aquello no es menor. Sus composiciones parecen submarinas, como si evocaran la profundidad del océano, donde estilos como el shoegaze y el rock alternativo adquieren gran relevancia tanto dentro del disco como en la trayectoria de la banda. Siento que temas como Grisáceo o Abisal destacan especialmente dentro del LP, ya que simbolizan muy bien esta estructura sonora y aquello que el grupo busca proyectar.
Este disco fue lanzado en 2025, pero aún no había querido hablar de él, porque primero quería ver a la banda en vivo y comprobar si podía experimentar las mismas sensaciones que me produjo su música al escucharla en CD o en el computador. Debo reconocer que, después de asistir el pasado viernes a Caja Acústica, todo lo anterior se confirmó, incluso cuando la presentación resultó bastante más energética de lo que imaginaba.
Bloop, el álbum debut de la banda iquiqueña Supertriste, irrumpe en la escena independiente chilena como un viaje visceral hacia las profundidades del shoegaze y el noise pop. Bajo el alero de Joy Boy Records, el quinteto logra transformar la melancolía del norte costero en un testimonio sonoro imponente, denso y profundamente honesto.
La gran fortaleza técnica de la producción radica en su arquitectura sonora, construida a partir de una inusual alineación de tres guitarras eléctricas. Esta configuración permite tejer una enorme “pared de sonido”, donde la distorsión, el eco y la reverberación no buscan aturdir, sino cobijar al oyente. Gracias a una mezcla impecable a cargo de Daniel Velásquez, las melodías de corte pop y las voces sumergidas mantienen una nitidez admirable, logrando que el ruido conviva en perfecta armonía con la fragilidad.
En definitiva, Bloop, el disco debut de Supertriste, consolida un sonido que se siente como un refugio imprescindible para los amantes de la melancolía eléctrica.
domingo, 24 de mayo de 2026
JORGE FUENTES (COIPU)
Por Mati LO-FI
La
obra de Jorge Fuentes, mundialmente reconocido en las sombras del
circuito como Coipu, es una bofetada de rigor técnico y delirio visual.
Su propuesta no pide permiso; se impone a través de un maximalismo
eléctrico que parece rescatar la herencia del grabado más crudo para
lanzarlo de cabeza a una juguera de psicodelia contemporánea. En su
universo, el espacio vacío es un pecado: cada rincón de la composición
es colonizado por tramas obsesivas, líneas que fluyen como lava y una
simbología que transita entre lo ancestral y lo puramente urbano.
El
trabajo de Coipu funciona como un organismo vivo que muta frente a los
ojos. Hay una arquitectura del detalle que marea: esos ojos que emergen
de fluidos espesos, las simetrías que parecen mandalas cargados de
estática y una paleta de colores que explota en contrastes ácidos. No es
solo estética pop; es una anatomía de lo invisible donde la precisión
del trazo digital se ensucia con la actitud del street art y la gráfica
autogestionada. Sus sombras, construidas a punta de un tramado que
delata una paciencia monacal, le dan a cada pieza una profundidad
táctil, casi orgánica, como si la obra estuviera respirando.
Entrar en el imaginario de Coipu es aceptar una invitación al desborde controlado. Es el triunfo de la forma sobre el silencio, una narrativa visual que celebra la mutación constante y la potencia de la imagen como un tótem moderno. Jorge Fuentes ha logrado consolidar un lenguaje donde la técnica impecable no le quita ni un gramo de agresividad a la obra; al contrario, la eleva. Al final del día, lo que Coipu nos entrega no es solo ilustración, es un manifiesto visual que nos recuerda que el arte bajo cuerda sigue siendo el lugar más peligroso y excitante para perder la vista.
Puedes encontrar mas de su trabajo siguiendo el link
Durante 2025, directamente desde la cuna del rock chileno, apareció el esperado debut discográfico de Suaaave, una joven banda que ha logrado mantener en vilo a buena parte de la escena under penquista gracias a una propuesta musical tan intensa como atmosférica. Desbalance, publicado en septiembre, es un EP breve pero profundamente emotivo: cuatro canciones que funcionan como un retrato sonoro de la fragilidad humana y de los constantes vaivenes emocionales que la atraviesan.
Cada una de estas piezas se sostiene sobre paisajes sonoros expansivos, texturas rítmicas libres y crescendos extensos que apuntan a generar una verdadera experiencia de trance en vivo. Todo comienza con “Desbalance”, el tema que da nombre al trabajo, una composición de casi siete minutos donde predominan guitarras tensas y una fuerza expansiva capaz de envolverlo todo. Luego aparece “Polola”, probablemente el momento más directo y potente del EP, moviéndose con naturalidad entre la vulnerabilidad emocional y la reflexión introspectiva. El cierre llega con “Polaroid” y “Balance”, dos cortes que bajan las revoluciones y devuelven al oyente a un estado de calma e introspección.
A lo largo de sus poco más de veinte minutos, Desbalance deja ver una mezcla audaz de post-rock, math rock y rock progresivo, consolidando una propuesta que ya había comenzado a tomar forma en mayo del año pasado con la aparición del sencillo “Desbalance”. Más que aferrarse a estructuras rígidas, el EP privilegia la expresividad y la construcción de atmósferas, permitiendo que la melancolía y la fricción sonora convivan de manera orgánica. La base rítmica se mueve con soltura y precisión, sosteniendo composiciones que encuentran equilibrio entre lo técnico y lo visceral. Gracias a esa combinación, Suaaave entrega una obra inmersiva y una de las propuestas más interesantes que ha dejado la región en el último tiempo.
domingo, 17 de mayo de 2026
MATAPANKI
DIEGO MAPACHE FUENTES
En Matapanki, Diego Mapache Fuentes levanta una película que parece filmada con las uñas sucias de una generación entera: cuerpos agotados, noches húmedas, guitarras desafinadas y una rabia que nunca termina de convertirse en discurso. La cámara no busca limpiar nada; al contrario, se hunde en la mugre emocional de personajes que sobreviven entre la precariedad y el deseo de desaparecer. Hay algo profundamente punk en esa negativa a embellecer el caos, como si la película estuviera más interesada en registrar cicatrices que en construir moralejas.
Lo más inquietante de Matapanki es su textura. No se siente como una película que “representa” la marginalidad, sino como un VHS maldito encontrado después de una tocata en una casa okupada. Fuentes entiende que el under chileno no vive solamente en la estética del ruido y el blanco y negro, sino en cierta manera de mirar Santiago: una ciudad cansada, rota, a ratos tierna, donde todavía sobreviven sujetos que no calzan con el algoritmo ni con el cine de festival domesticado. El montaje golpea y tambalea; los silencios pesan más que muchos diálogos. Hay ecos de cine basura latinoamericano, pero también una sensibilidad muy local, muy de micro nocturna y cerveza tibia.
La película termina funcionando como una especie de manifiesto accidental para quienes todavía creen que el cine puede ser incómodo, pobre y hermoso al mismo tiempo. Matapanki no busca gustar: busca dejar una resaca emocional. Y lo logra.
La ciencia ficción ha tenido una presencia reducida dentro de la tradición literaria chilena. Algo similar ha ocurrido con el microcuento. Autores como Hugo Correa, Juan Emar o el interesante caso de Diego Muñoz Valenzuela, quien ha unido ambos mundos, podrían considerarse como figuras atípicas dentro del extenso panorama narrativo nacional.
Por eso el caso de Camilo Montecinos surge como un baño de frescura para este lector ávido de novedades. Su último libro, Ecos de Fin de Mundo, publicado este 2026 por Marciano Ediciones, te transporta hacia un futuro distópico, totalmente alejado de los clichés del género, donde por momentos la real amenaza no parece ser lo desconocido, sino nuestra propia naturaleza.
A través de microrrelatos breves y precisos, el autor combina ciencia ficción, distopía y humor negro para mostrar escenarios marcados por la tecnología descontrolada, la soledad y el deterioro social. A pesar de la brevedad de cada uno de los escritos que componen el libro, estos logran conmover al lector, como si fuesen pequeñas ventanas o portales a través de los cuales se atisba el colapso humano y tecnológico. El autor construye ambientes donde se percibe la decadencia de la humanidad, además de conflictos reales y muy actuales, como las relaciones humanas junto a nuestra dependencia tecnológica. En estos escenarios se advierte, además, un estilo narrativo cercano al de autores como Isaac Asimov o Ray Bradbury.
Publicado por Marciano Ediciones, Ecos de Fin de Mundo se inserta con fuerza en la nueva ciencia ficción chilena y demuestra cómo la microficción puede ser un vehículo eficaz para explorar ideas complejas. Es un libro ideal para lectores que disfrutan de relatos breves con atmósferas oscuras, finales abiertos y preguntas incómodas sobre el futuro. Más que ofrecer respuestas, estos cuentos invitan a contemplar los ecos de un mundo que quizá ya comenzó a derrumbarse.