Islas de calor
Segunda edición, La Pollera Ediciones (2025)
Malu Furche R.
Por Gonzalo Vilo
“Vivir así” abre el libro. En él conocemos la vida de Mónica y Pastora, dos mujeres de distintas clases sociales. Pastora trabaja como empleada en la casa de Mónica, quien la trata con indiferencia, marcando con claridad la distancia que las separa. Sin embargo, esa relación comienza a resquebrajarse frente al avance de la crisis climática. En el segundo relato, “En la Atacama (o los que no vuelven)”, entramos en la historia de un bar llamado La Atacama, donde distintas voces reconstruyen un espacio atravesado por el control y la violencia militar. En “Animales de calor”, una taxista recoge a una pasajera extraña, en un encuentro cargado de tensión. Finalmente, en “La viuda y la virgen”, una mujer cree poseer poderes especiales para ayudar a los demás, en medio de un entorno que parece haber perdido toda fe.
Lo interesante es cómo la crisis climática no aparece como discurso, sino como atmósfera total. Furche evita el panfleto y apuesta por el detalle: una ventana sellada, una patrulla nocturna, una conversación interrumpida por el toque de queda. En ese minimalismo radica su potencia. El terror aquí no proviene de monstruos externos, sino del deterioro progresivo de la convivencia. El calor empuja a los personajes hacia decisiones límite, y en ese desplazamiento se revela una radiografía social inquietantemente cercana al presente.
Islas de calor se inscribe con fuerza en la tradición reciente de la narrativa chilena que cruza lo íntimo con lo político sin perder filo literario. Es un libro breve pero persistente, que deja una sensación pegajosa, difícil de sacudirse. Más que advertencia, funciona como espejo deformante: exagera apenas la realidad para obligarnos a mirarla de frente. En tiempos donde la crisis climática ya no es ficción, Furche propone imaginar el punto de no retorno —y lo hace con una sobriedad que quema.




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