RODRIGO FERNANDEZ (OVEROL 2025)
Por Gonzalo Vilo
¿Cuán desagradables tenemos que ser como seres humanos para que atender público termine convirtiéndose, poco a poco, en un infierno? Día tras día, a las ocho de la mañana, la soberbia, la desconsideración y, a veces, incluso la violencia se asoman y marcan tarjeta. Entran y ya de inmediato te han echado el ojo. Caminan hacia ti mirándote por debajo del hombro. “Señor, ¿tiene el libro…?”.
El protagonista de Correr Solo, novela —o diario veladamente autobiográfico— de Rodrigo Fernández, lo presiente desde el inicio. Sabe que se avecinan días regimentados por una corporación para la que apenas existes y, quizás por eso, había intentado evitarlo. Pero el dinero se acaba y las cuentas se acumulan. No queda demasiado margen: termina aceptando un trabajo en una librería.
El narrador parece, en principio, un tipo sin mayores ambiciones. Cuidar a su gata chica, estar con su polola, ver los partidos de Chile en las eliminatorias, leer. También corre y visita de vez en cuando a su familia en Curicó. Pequeñas rutinas domésticas que funcionan como una forma de equilibrio frente al desgaste cotidiano. Desde ahí, Fernández arma un relato que se mueve entre la crónica laboral, el diario íntimo y una observación bastante filosa de la vida contemporánea.
En una época donde todo parece pedir estrellas y reseñas —desde un café hasta una ruptura amorosa— Correr Solo se cuela como un diario que resiste la lógica de la evaluación permanente. El libro de Rodrigo Fernández convierte la experiencia aparentemente banal de vender libros en un mall en una zona de fricción entre vida y supervivencia. La ciudad que aparece aquí —un Santiago cansado, saturado de vitrinas y horarios— no es un escenario sino una presión constante sobre el cuerpo del narrador. Desde esa fatiga cotidiana, el texto avanza como una libreta abierta al final del día: pensamientos breves, observaciones mínimas y una sensibilidad que intenta salvar algo de humanidad en medio del ritual corporativo de atender clientes.
Lo más potente del libro, sin embargo, es su defensa de lo inútil. Frente a un mundo que mide cada gesto en términos de productividad, el narrador se permite escribir de noche, demorarse, observar. En esa lentitud aparece una pequeña rebeldía: insistir en vivir aunque el sistema solo tolere sobrevivir. Así, el nuevo libro del autor de Atarantado —ganador del Premio Municipal de Literatura de Santiago— no busca redimir la vida laboral ni romantizar el fracaso. Más bien registra algo más incómodo y más real: la experiencia de una persona intentando mantenerse sensible mientras el mundo le exige volverse eficiente. Y en ese gesto, silencioso pero obstinado, la literatura vuelve a encontrar su lugar.
El protagonista de Correr Solo, novela —o diario veladamente autobiográfico— de Rodrigo Fernández, lo presiente desde el inicio. Sabe que se avecinan días regimentados por una corporación para la que apenas existes y, quizás por eso, había intentado evitarlo. Pero el dinero se acaba y las cuentas se acumulan. No queda demasiado margen: termina aceptando un trabajo en una librería.
El narrador parece, en principio, un tipo sin mayores ambiciones. Cuidar a su gata chica, estar con su polola, ver los partidos de Chile en las eliminatorias, leer. También corre y visita de vez en cuando a su familia en Curicó. Pequeñas rutinas domésticas que funcionan como una forma de equilibrio frente al desgaste cotidiano. Desde ahí, Fernández arma un relato que se mueve entre la crónica laboral, el diario íntimo y una observación bastante filosa de la vida contemporánea.
En una época donde todo parece pedir estrellas y reseñas —desde un café hasta una ruptura amorosa— Correr Solo se cuela como un diario que resiste la lógica de la evaluación permanente. El libro de Rodrigo Fernández convierte la experiencia aparentemente banal de vender libros en un mall en una zona de fricción entre vida y supervivencia. La ciudad que aparece aquí —un Santiago cansado, saturado de vitrinas y horarios— no es un escenario sino una presión constante sobre el cuerpo del narrador. Desde esa fatiga cotidiana, el texto avanza como una libreta abierta al final del día: pensamientos breves, observaciones mínimas y una sensibilidad que intenta salvar algo de humanidad en medio del ritual corporativo de atender clientes.
Lo más potente del libro, sin embargo, es su defensa de lo inútil. Frente a un mundo que mide cada gesto en términos de productividad, el narrador se permite escribir de noche, demorarse, observar. En esa lentitud aparece una pequeña rebeldía: insistir en vivir aunque el sistema solo tolere sobrevivir. Así, el nuevo libro del autor de Atarantado —ganador del Premio Municipal de Literatura de Santiago— no busca redimir la vida laboral ni romantizar el fracaso. Más bien registra algo más incómodo y más real: la experiencia de una persona intentando mantenerse sensible mientras el mundo le exige volverse eficiente. Y en ese gesto, silencioso pero obstinado, la literatura vuelve a encontrar su lugar.

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