ANEMENTUS
Por Gonzalo Vilo
En ese contexto, el mérito de Anementus es doble. Originarios de la comuna de Vicuña, en pleno Valle del Elqui, la banda ha sabido levantar un proyecto musical sólido y coherente, avanzando a contrapelo de la invisibilización territorial. Su propuesta transita por sonidos atmosféricos y potentes, envueltos en lo que ellos mismos definen como “poesía sonora”: una búsqueda sensorial que apuesta más por la experiencia que por la fórmula.
Amanecer y Sin Respirar funcionan como piezas clave para entender el universo de Anementus. Sin Respirar (2022) fue uno de sus primeros golpes importantes y marcó su irrupción en las plataformas digitales. El tema se sostiene sobre una base rítmica firme y guitarras cargadas de textura, pensadas para construir esa sensación de atmósfera que hoy identifica al proyecto. En lo lírico, la banda se sumerge en estados emocionales intensos, introspectivos, reforzando su idea de música como vehículo expresivo más que como simple canción.
Amanecer (2024), en tanto, muestra una evolución clara: una producción más madura, más pulida y ambiciosa. Aquí Anementus profundiza en el trabajo de capas sonoras, logrando una propuesta más envolvente y cinematográfica. No es casual que este single se haya convertido en un eje central de sus presentaciones en vivo recientes, destacando su paso por el Festival Afluente y por las Sesiones Sónicas en la Casa de la Cultura de Vicuña.
Como dato no menor, la banda ha sabido instalarse en espacios culturales clave del circuito local, con presentaciones en el Festival Afluente, el Teatro Municipal de Vicuña y el ciclo Sesiones Sónicas de la Corporación Cultural Municipal. Señales claras de que, incluso lejos del centro, el ruido también se organiza, respira y avanza.
En tiempos donde la escena parece mirar siempre hacia los mismos lugares, proyectos como Anementus recuerdan que la música también se gesta lejos del centro, en silencio, con paciencia y convicción. Desde Vicuña, la banda no solo construye canciones, sino también un relato propio, anclado en el territorio y en la exploración emocional. Escucharlos es, en cierto modo, correr el cerco: prestar oído a lo que sucede en los márgenes y entender que ahí, muchas veces, está pasando lo más honesto e interesante de la escena local.


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