martes, 17 de febrero de 2026

 MILAGROS ABALO
NIÑA
MAYO DE 2025

 


 

     

En el paisaje cada vez más urgente de la narrativa disidente, Niña (mayo 2025), de Milagros Abalo, se instala como un susurro. Esta novela, ilustrada por Verena Urrutia, se mueve en esa frontera donde la infancia deja de obedecer y empieza a nombrarse. Abalo escribe la transición no como espectáculo ni como consigna, sino como un gesto íntimo: la mente que se rebela ante lo asignado y decide torcer el guion. Aquí no hay moraleja fácil; hay una certeza temprana que late desde la primera página: la protagonista sabe quién es, incluso cuando el mundo insiste en llamarla de otra forma.


La trama avanza con la delicadeza de quien se prueba un vestido frente al espejo por primera vez. No le gusta que le corten el pelo, no le acomodan las camisetas de fútbol ni los colores que otros eligieron para ella. Prefiere las faldas, los tutús, la ropa heredada de la hermana mayor: pequeñas insurgencias textiles que se vuelven declaración política. Abalo convierte esos detalles domésticos en símbolos de una transición que no es solo corporal, sino también lingüística y afectiva. Cada prenda es una pregunta, cada espejo una frontera, cada máscara un resto de lo que ya no se quiere habitar.

El estilo es íntimo, poético y sutil, pero no por eso blando. La prosa es luminosa como la mañana después de una noche larga: ilumina sin enceguecer. Las ilustraciones acompañan como una segunda voz, expandiendo el texto hacia zonas donde las palabras se quedan cortas. Metáforas como el “pozo del otoño” condensan la melancolía y la sensación de caída, mientras los espejos y los sueños operan como dispositivos de autoconocimiento. En esa economía de recursos, la novela encuentra su potencia: decir lo justo, sugerir lo necesario, confiar en la inteligencia emocional del lector.

Pero si algo sostiene el pulso de Niña es el foco en el reconocimiento familiar. En medio del ruido social y los prejuicios que acechan, la validación se vuelve el verdadero acto revolucionario. Abalo no romantiza el proceso, pero tampoco lo hunde en la tragedia: apuesta por la comprensión como llave de salida. Así, la transición deja de ser un campo de batalla y se transforma en un tránsito hacia la luz propia. Una obra breve, sí, pero con la densidad de esas historias que se quedan vibrando mucho después de cerrar el libro.

 

 

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