miércoles, 18 de marzo de 2026

 TODOS MIS AMIGOS ESTAN TRISTES

CARNE (2025)

 


 Por  Gonzalo Vilo

 



      Último asiento de la micro, la ventana como espejo y la ciudad corriendo hacia ninguna parte. Afuera todo sigue; adentro todo pesa. La vida pasa, te estira la mano sin mirarte, como esos amores que alguna vez te dieron más de lo que supiste sostener. Y uno queda ahí, suspendido, preguntándose en qué momento todo se fue a la mierda. Las risas, los amigos, esa sensación de que algo estaba empezando… ¿dónde quedó todo eso? Ahora solo queda caminar o sentarse a hacer inventario de los restos.

En ese estado —medio anestesiado, medio roto— aparece Todos Mis Amigos Están Tristes. Su debut, Carne, no llega a acompañar: llega a hundirte un poco más, pero de esa forma extraña en que también abraza. Diez temas donde conviven el noise pop, el shoegaze, el dream pop y el emo, sin sonar a collage ni pose. Hay ruido, hay capas, pero sobre todo hay herida.

De Zapatillas Rotas a A veces como yo quisiera, el disco se mueve entre la urgencia y el repliegue. Parte con más pulso, más electricidad, pero de a poco se va cerrando sobre sí mismo, volviéndose más íntimo, más incómodo. Y ahí es donde pega más fuerte. Hay ecos claros del alternativo noventero —esas guitarras que crujen y flotan al mismo tiempo— que inevitablemente remiten a The Smashing Pumpkins o Dinosaur Jr., pero sin caer en la copia fácil. Esto suena a acá, a ahora, a desgaste real.

En lo sonoro, Carne es un animal indomable. Hay una lógica de contraste que sostiene todo: canciones que comienzan como susurros melódicos y terminan convertidas en murallas de distorsión que rozan lo insoportable. La voz —frágil y quebrada por momentos, brutal y desatada al siguiente— funciona como un hilo conductor que amarra este caos con una honestidad casi incómoda. La producción, lejos de domesticar el sonido, lo empuja hacia adelante, logrando que cada explosión se sienta necesaria y cada silencio, sospechoso. Temas como “Zapatillas Rotas” o “Morderé mis labios hasta sangrar de la rabia” condensan esa dualidad entre lo íntimo y lo violento, mientras “Puente Amarillo” deja ver una melancolía más contenida, pero igual de punzante.

Carne no es un disco para levantar cabeza. Es para quedarse un rato más abajo, mirando el techo, dejando que todo ese ruido bonito haga lo suyo. Y, quizás, salir un poco más honesto al otro lado.

Líricamente, el disco se instala en un territorio donde la vulnerabilidad no es pose, sino sobrevivencia. Hay una constante sensación de no pertenecer, de estar al borde del colapso, pero también de seguir avanzando aunque pese. Carne busca ser real. Y en esa imperfección encuentra su lugar como uno de los debuts más honestos y comentados del rock chileno reciente.

 

 


 

 

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