La reivindicación de la lucha persistente de los pueblos latinoamericanos atraviesa Vértebras, el más reciente libro de Marcelo Arce Garín. Desde sus primeras páginas, el poemario propone un desplazamiento por geografías diversas que, más allá de sus fronteras, comparten una misma herida abierta. No se trata de un viaje contemplativo, sino de una inmersión en territorios marcados por la violencia, la memoria y una resistencia que nunca termina de apagarse.
Publicado en 2025 por Editorial Cuarto Propio, el libro articula una serie de voces y escenas donde conviven quienes cayeron por una causa y quienes encarnaron la brutalidad. Los poemas se mueven entre esos polos sin resolverlos, dejando que el lenguaje cargue con la tensión: aparecen episodios oscuros de la historia latinoamericana, pero también irrumpen gestos mínimos de afecto, como si la ternura fuera otra forma —más silenciosa— de insurrección.
Pero Vértebras no se limita a reconstruir una memoria: la tensiona, la sacude, la vuelve materia inestable. Hay algo de cordillera viva en su escritura, un temblor que recorre Chile, Perú, Bolivia o Colombia como si fueran segmentos de un mismo cuerpo fracturado. La lengua se desarma y se vuelve a armar con restos —ritmos populares, jergas, ecos musicales— en un flujo que evita la postal y abraza lo áspero. Más que narrar, Arce corta y fricciona: de ese roce emerge una épica menor, incómoda, donde los cuerpos insisten incluso en su desaparición.
En ese gesto, el libro dialoga con una tradición que no es solo literaria, sino también visual y política: la sombra de Elías Adasme aparece como un espejo invertido, mientras resuenan nombres como José María Arguedas o Micaela Bastidas. Sin embargo, Vértebras no se queda en la cita ni en la consigna: trabaja el lenguaje como un cuerpo más, sudado y mestizo, capaz de sostener —aunque sea por instantes— una ternura extraña. Ahí está su filo: una poesía que no embellece la catástrofe, pero tampoco renuncia a imaginar, entre ruinas, otra forma de respiración.
Publicado en 2025 por Editorial Cuarto Propio, el libro articula una serie de voces y escenas donde conviven quienes cayeron por una causa y quienes encarnaron la brutalidad. Los poemas se mueven entre esos polos sin resolverlos, dejando que el lenguaje cargue con la tensión: aparecen episodios oscuros de la historia latinoamericana, pero también irrumpen gestos mínimos de afecto, como si la ternura fuera otra forma —más silenciosa— de insurrección.
Pero Vértebras no se limita a reconstruir una memoria: la tensiona, la sacude, la vuelve materia inestable. Hay algo de cordillera viva en su escritura, un temblor que recorre Chile, Perú, Bolivia o Colombia como si fueran segmentos de un mismo cuerpo fracturado. La lengua se desarma y se vuelve a armar con restos —ritmos populares, jergas, ecos musicales— en un flujo que evita la postal y abraza lo áspero. Más que narrar, Arce corta y fricciona: de ese roce emerge una épica menor, incómoda, donde los cuerpos insisten incluso en su desaparición.
En ese gesto, el libro dialoga con una tradición que no es solo literaria, sino también visual y política: la sombra de Elías Adasme aparece como un espejo invertido, mientras resuenan nombres como José María Arguedas o Micaela Bastidas. Sin embargo, Vértebras no se queda en la cita ni en la consigna: trabaja el lenguaje como un cuerpo más, sudado y mestizo, capaz de sostener —aunque sea por instantes— una ternura extraña. Ahí está su filo: una poesía que no embellece la catástrofe, pero tampoco renuncia a imaginar, entre ruinas, otra forma de respiración.

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