jueves, 4 de diciembre de 2025

CAÍDA LIBRE


LOS EX


   

 


    En los noventa, cuando la escena chilena hervía entre fanzines fotocopiados, tocatas en galpones húmedos y la eterna promesa de un “nuevo rock nacional”, Caída Libre irrumpió como un meteorito incómodo. El debut de Los Ex —ese cuarteto insolente comandado por la voz afilada y visceral de Colombina Parra— había pateado la puerta con un grunge-punk de barrio que no le debía nada a Seattle, porque sudaba Santiago por todos lados. El disco se escuchó como un vómito emocional sin filtros: directo, ruidoso, desprolijo y necesario. Y sí, tenía esa energía adolescente y peligrosa que hacía que uno quisiera prender un cigarro incluso sin fumar.

Cada track de Caída Libre era un golpe de puño, o una carcajada amarga, o un balazo de ironía. “La Corbata de mi Tío”, “Sacar la Basura” y “Vendo Diario” se convirtieron en himnos porque traducían, con rabia las tensiones sociales y afectivas de una generación que se estaba sacudiendo el machismo, la desidia política y las relaciones tóxicas como quien se sacude el polvo del pantalón. La guitarra de Edwards cortaba como vidrio, la base rítmica de Ugarte y Bascuñán sostenía todo con un pulso maquinal y callejero, y la voz quebrada de Colombina era un recordatorio de que el dolor también podía sonar hermoso, si era honesto.

Pero lo más brutal fue el impacto: Caída Libre terminó colándose en MTV, cruzando fronteras sin pedir visa, y transformando a Los Ex en una rareza querible dentro del circuito latinoamericano. Mientras en Perú se los celebraba casi con devoción y en Chile se convertían en banda de culto en tiempo récord, acá en el under sabíamos que lo suyo no era moda: era actitud. Ese cassette sobrevivió mochilas rotas, micro amarilla, recitales sudorosos y corazones quemados. Y aunque la banda se desarmara, se rearmara y volviera a desaparecer, el disco nunca se fue. Se quedó pegado en la memoria colectiva como solo lo hacen los trabajos que nacen desde el desgarro real.


Hoy, a casi treinta años de su aparición, Caída Libre sigue oliendo a pasquín callejero, a rabia femenina, a noche larga en plaza de barrio y a distorsión que no envejeció un día. Si el rock chileno tuvo un disco que no buscó caer bien, sino caer de golpe, fue este. Un debut que no vino a preguntar nada, solo a gritarlo todo. Y qué bueno que fue así: ningún pulido estudio ni ninguna estrategia de mercado habría podido darle más filo del que ya traía. Los Ex habían dejado un registro feroz, imperfecto y explosivo que todavía mordía los oídos. Y eso, en cualquier época, sigue siendo rock.
 
 

 


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