CAÍDA LIBRE
LOS EX
En los noventa, cuando la escena chilena hervía entre fanzines fotocopiados, tocatas en galpones húmedos y la eterna promesa de un “nuevo rock nacional”, Caída Libre irrumpió como un meteorito incómodo. El debut de Los Ex —ese cuarteto insolente comandado por la voz afilada y visceral de Colombina Parra— había pateado la puerta con un grunge-punk de barrio que no le debía nada a Seattle, porque sudaba Santiago por todos lados. El disco se escuchó como un vómito emocional sin filtros: directo, ruidoso, desprolijo y necesario. Y sí, tenía esa energía adolescente y peligrosa que hacía que uno quisiera prender un cigarro incluso sin fumar.
Cada track de Caída Libre era un golpe de puño, o una carcajada amarga, o un balazo de ironía. “La Corbata de mi Tío”, “Sacar la Basura” y “Vendo Diario” se convirtieron en himnos porque traducían, con rabia las tensiones sociales y afectivas de una generación que se estaba sacudiendo el machismo, la desidia política y las relaciones tóxicas como quien se sacude el polvo del pantalón. La guitarra de Edwards cortaba como vidrio, la base rítmica de Ugarte y Bascuñán sostenía todo con un pulso maquinal y callejero, y la voz quebrada de Colombina era un recordatorio de que el dolor también podía sonar hermoso, si era honesto.
Pero lo más brutal fue el impacto: Caída Libre terminó colándose en MTV, cruzando fronteras sin pedir visa, y transformando a Los Ex en una rareza querible dentro del circuito latinoamericano. Mientras en Perú se los celebraba casi con devoción y en Chile se convertían en banda de culto en tiempo récord, acá en el under sabíamos que lo suyo no era moda: era actitud. Ese cassette sobrevivió mochilas rotas, micro amarilla, recitales sudorosos y corazones quemados. Y aunque la banda se desarmara, se rearmara y volviera a desaparecer, el disco nunca se fue. Se quedó pegado en la memoria colectiva como solo lo hacen los trabajos que nacen desde el desgarro real.
Cada track de Caída Libre era un golpe de puño, o una carcajada amarga, o un balazo de ironía. “La Corbata de mi Tío”, “Sacar la Basura” y “Vendo Diario” se convirtieron en himnos porque traducían, con rabia las tensiones sociales y afectivas de una generación que se estaba sacudiendo el machismo, la desidia política y las relaciones tóxicas como quien se sacude el polvo del pantalón. La guitarra de Edwards cortaba como vidrio, la base rítmica de Ugarte y Bascuñán sostenía todo con un pulso maquinal y callejero, y la voz quebrada de Colombina era un recordatorio de que el dolor también podía sonar hermoso, si era honesto.
Pero lo más brutal fue el impacto: Caída Libre terminó colándose en MTV, cruzando fronteras sin pedir visa, y transformando a Los Ex en una rareza querible dentro del circuito latinoamericano. Mientras en Perú se los celebraba casi con devoción y en Chile se convertían en banda de culto en tiempo récord, acá en el under sabíamos que lo suyo no era moda: era actitud. Ese cassette sobrevivió mochilas rotas, micro amarilla, recitales sudorosos y corazones quemados. Y aunque la banda se desarmara, se rearmara y volviera a desaparecer, el disco nunca se fue. Se quedó pegado en la memoria colectiva como solo lo hacen los trabajos que nacen desde el desgarro real.
Hoy, a casi treinta años de su aparición, Caída Libre sigue oliendo a pasquín callejero, a rabia femenina, a noche larga en plaza de barrio y a distorsión que no envejeció un día. Si el rock chileno tuvo un disco que no buscó caer bien, sino caer de golpe, fue este. Un debut que no vino a preguntar nada, solo a gritarlo todo. Y qué bueno que fue así: ningún pulido estudio ni ninguna estrategia de mercado habría podido darle más filo del que ya traía. Los Ex habían dejado un registro feroz, imperfecto y explosivo que todavía mordía los oídos. Y eso, en cualquier época, sigue siendo rock.
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