sábado, 30 de mayo de 2026

 ANDRES  LARRAIN  ARANEDA

     

 Por MATI - LOFI

      

         Nacido en Ovalle en 1985, Andrés Larraín Araneda pertenece a una generación de fotógrafos chilenos que encontró en el fotolibro y el ensayo visual un espacio más libre para pensar la imagen desde la experiencia personal antes que desde el reportaje tradicional. Egresado de fotografía profesional del Instituto Arcos, su trabajo ha ido construyendo una obra coherente alrededor de la memoria, los recuerdos y aquello que permanece apenas como residuo emocional del paso del tiempo. Esa idea aparece de manera explícita en su visión de obra —“los residuos” como fragmentos retenidos por la fotografía—, pero también atraviesa toda su producción visual: cuerpos que apenas se dejan ver, calles vacías, interiores detenidos y paisajes donde el silencio pesa más que cualquier relato evidente.

   

    Lo interesante es cómo esa búsqueda se sostiene en registros muy distintos sin perder unidad. Sus imágenes analógicas tienen una materialidad áspera y contenida, con grano visible, contrastes suaves y una relación muy física con la luz y el deterioro. En sus trabajos a color, en cambio, aparece una temperatura emocional más directa: flashes crudos, pieles sobreexpuestas, escenas nocturnas donde la intimidad se siente frágil y algo incómoda. Incluso en sus retratos hay una sensación de distancia; las personas parecen absorbidas por sus propios pensamientos mientras la cámara se mantiene cerca, pero nunca invasiva. La ciudad, la cordillera y los espacios interiores funcionan menos como escenarios que como extensiones del estado anímico de las imágenes. Hay una melancolía persistente en su fotografía, aunque siempre contenida, nunca exagerada.
 
  
 
 
 
Costras probablemente sea el punto donde todas esas líneas terminan de encontrarse. El libro, centrado en la sequía y el desgaste territorial del Limarí, evita conscientemente la espectacularidad de la catástrofe ambiental para concentrarse en sus huellas más íntimas y silenciosas. Ahí el paisaje aparece erosionado de la misma forma que los recuerdos: fragmentado, ambiguo, imposible de fijar por completo.
 

 
 
 La memoria familiar, el territorio y el deterioro material conviven en una secuencia donde no siempre queda claro qué pertenece al archivo y qué al presente, como si ambas dimensiones fueran inseparables. Más que fotografiar certezas, Larraín parece interesado en registrar aquello que permanece suspendido: restos de luz, de lugares y de experiencias que sobreviven apenas como imágenes incompletas. Y justamente ahí, en esa fragilidad sostenida sin artificio, es donde su trabajo encuentra una voz propia dentro de la fotografía chilena contemporánea.
 
   
 
Puedes encontrar mas de su trabajo en su cuenta de instagram 
 
 https://www.instagram.com/larrainaraneda/?hl=es  
 
o en su pagina web
 
 
 
 

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