ANDREA CALVO CRUZ - ENTREVISTA

 

  


1. Tus publicaciones anteriores, [Medular] y Larvados, exploraban la microficción y el cuento breve de corte criminal. ¿Cómo fue para ti dar el salto técnico y creativo hacia la estructura de largo aliento que exige una novela como Tráeme la noche, y de qué manera sientes que esa escuela de la síntesis moldeó el ritmo de esta nueva obra?

R. Creo que se trató de una evolución natural. Soy de las que piensa que si escribes microficción, puedes escribir lo que sea: es un excelente género para aprender a condensar, sacar la grasa; es implacable con el uso del lenguaje y te obliga a pulir el texto hasta que resulte en lo esencial. En el cuento breve es lo mismo y, sin dudas, la escuela te marca: Pía Barros, como tallerista y editora, es inclemente a la hora de pedir precisión, exige que te enfoques en la historia sin caer en florituras; el trabajo de personajes debe ser impecable, entre otros factores técnicos, para que el texto «sea» más allá de su potencialidad.




Tráeme la noche es parte de la cosecha que inicié con la microficción y el cuento breve. Desde lo creativo, tenía la trama desde la primera clase en el taller, donde me advirtieron que el borrador que presenté como tarea era una novela. No hubo mucho más que abocarse a la misión de hacerla carne con la misma rigurosidad de mis trabajos anteriores y me siento satisfecha con el resultado.



2. En la novela construyes personajes con capas profundas que rompen con los estereotipos del género: un detective rudo pero cruzado por el duelo de su hijo y un fuerte discurso contrahomofóbico, y una figura como Alfredo/Ornella que habita la dualidad de la bohemia drag santiaguina. ¿Cómo trabajaste la intimidad de estos personajes para rescatarlos del cliché y dotarlos de esa complejidad humana que destaca la crítica?

R. Creo que lo primero es entender que en materia de personajes no existen absolutos ni perfección, sólo sinceridad brutal desde nuestra humanidad y es así como veo su construcción en el universo literario. En mi caso tengo referentes y al momento de construir los personajes, hago como que me tomo un café o un trago en su compañía; los sigo y observo en su cotidiano y de manera natural adquieren «vida». De ese compartir nacen sus expresiones, su postura corporal, muletillas, formas de ver el mundo. Es delirante y me encanta. Alguna vez mencioné que como escritora propuse cosas a mis personajes y en más de alguna oportunidad me mandaron al carajo: actuaron como les dio la gana, pero dentro de su propio marco.

La sinceridad en el trabajo de personajes tiene otra premisa: así como todos poseemos una grieta por la que se cuela la luz o el frío más inclemente, los personajes también la tienen y es en ella donde hay que hincar el diente, hacer la pega. Estrada es un tipo que posee un pasado doloroso, no nació contrahomofóbico pero le dieron en la madre y ahí se produjo el quiebre: ha sido una persona vehemente desde siempre y en el minuto en que sucede la tragedia en el Tráeme, ya no tiene nada que perder; lo perdió todo y, por lo mismo, se va de cabeza —con el corazón en la mano—, pero de cabeza, como un buen vehemente lo haría (y sobran ejemplos como ese en la vida real).

Lo mismo pasa con Alfredo/Ornella. Como alguna vez me dijo una gran transformista, este arte no nace en el barrio alto: florece desde los márgenes, donde a cada burla, repudio e incluso situaciones violentas, se posicionan con una porfía política y artística que estremece. Para qué hablar si te metes en líos con una de ellas; anda sobándote la paliza por adelantado. Alfredo es una prueba de ello: un hombre que vivió el rechazo desde su infancia, la violencia social y que se abrazó a su clan —Carlos, Moni y en su momento Juanjo, son su única familia— y, al igual que Estrada, respira, vive y muere por sus afectos.

En resumen, son personajes reales, verosímiles. Sus contradicciones, defectos; sus pasiones, sus metidas de pata no se acomodan; no están para hacer actos o cabriolas para embelesar a que quién lee, seas tú, yo, el crítico de turno, etc. Simplemente son así y juegan su parte en la historia como quien lo hace en la propia.


3. Tráeme la noche entra de lleno al panorama del policial criollo introduciendo aristas políticas del Chile presente que no solían aparecer en el género, cruzando los códigos noir con la violencia hacia las disidencias LGBTQIA+. ¿Qué te llevó a situar un atentado en el «Club Cleopatra» como motor de la trama y cómo equilibraste la denuncia social frente a las estructuras del poder con la necesidad de mantener el suspenso?

R. Chile tiene memoria corta y un síndrome que consiste en barrer todos sus desastres y trapos sucios debajo de una alfombra en la que ya no se puede caminar con un mínimo de estabilidad. Vivimos a tropezones, caídas de bruces, arrastrándonos, y los que tienen el poder, el dinero, los privilegios y ve tú a saber qué más, les basta con gatear. Punto.

La violencia descarnada en Chile hacia las disidencias LGBTQIA+ ha existido siempre y en todos los gobiernos, incluyendo el de turno. Por dar sólo unos ejemplos: desde el titular «Colipatos piden chicha y chancho», a raíz de La Marcha de Las Locas en abril de 1973, por la represión que sufrían a manos de las policías; el atentado en la disco Divine en Valparaíso en 1993, que taparon como «incendio», hasta los asesinatos de Daniel Zamudio y el de Anna Cook, este último impune.

Situar la novela en Santiago, con un atentado de tales características resulta sumamente verosímil. Frente a un suceso como el del Cleopatra, imaginar cómo reaccionaría «el poder» puertas adentro; ya sea en La Moneda, en las oficinas de la ANI o en los cuarteles de la PDI, no resulta tan difícil si te documentas y eres buena o bueno observando; por ahí mi abuelo decía «miente, miente, que algo queda». El contexto en el que sucede el atentado también es creíble, sobre todo con el auge de los gobiernos fascistas a nivel mundial. Imagínate que cuando se trata de disidencias tienen la audacia de hablar de «minorías» y a esas «minorías», en un Estado dominado por una heteronorma blanca y cisgénero, quieren darle corte; «saneamiento» desde lo político, religioso, social, moral, incluso médico: el VIH todavía es estigma, los tratamientos hormonales para la chiquillada transgénero está en peligro y un largo e indignante etc.



Ahora, con respecto a la denuncia social, mi postura es que toda escritura es política. Todo modo de vivir y mirar, ya sea a ti mismo o a la sociedad, también lo es. Otra cosa es que una/o no sea consciente de ello y/o no te importe. El tipo de denuncia que hago en la novela no resulta antojadiza y menos su tratamiento respecto al suspenso. Los grupos de odio funcionan igual que las organizaciones catalogadas de «terroristas». Uno podría pensar que por su estructura son similares a las bandas criminales, pero no. Detrás de las segundas, el motivo es hacer plata, ganar poderío y hacer más plata. En las primeras, hay una bandera de lucha; una rabia e inquina ideológica que no descansa hasta eliminar lo que ellos llaman «escoria» o «basura»; es una especie de guerra santa que emprenden para «limpiar la casa» y ratificar su supremacía. ¿Cómo lo logran? No están solos, hay una gran arquitectura que los apoya: redes de contacto, favores; autores intelectuales y cómplices que no se manchan las manos con sangre, pero que aportan desde su esquina para lograr el objetivo, incluso «subcontratan» mano de obra criminal, mercenarios que por plata y una que otra motivación, se suman y ejecutan. Hasta para eso la clase marca.

La megaestructura que se presenta en el Tráeme es compleja, cerrada, pero no impenetrable. Tiene costuras, alguna que otra hilacha; son justamente esas hebras sueltas por las que Estrada trepa y para eso tiene un excelente «Sancho», que es Gómez. Para cerrar el tema del suspenso: hay personas que leen género negro esperando encontrar un juego de ingenio como el Clue; el asesino es el Coronel Mostaza, mató con un fierro y perpetró el crimen en la biblioteca. Es entretenido, puede resultar una labor detectivesca amena, pero en mi caso dista del ejercicio político que ejerzo en el oficio y no va en la línea de trabajo que la historia merecía: lo denso, intrincado; cómo se protegen y se cubren el culo en las más altas esferas; el dolor, la impotencia frente a esa mole que resulta siempre ganadora. El Tráeme no es simplemente un juego de pistas para probarle a quien lee que es «clever» por resolver los enigmas o unir los puntos: es un juego a muerte y es como creo que suceden este tipo de eventos aborrecibles en la realidad. Si me tachan de exagerada, es cosa de ponerse a investigar el caso Hermosilla o lo que pasó con Claudio Spiniak; ahí tienes una saga digna de ser best-seller (siempre y cuando esté bien escrita).

4. El auge de la novela negra escrita por mujeres en Chile es innegable, pero se suele debatir en torno al «padrinaje» masculino en el medio o a la existencia de escrituras «bien portadas». Como autora nacional, ¿cómo evalúas tu inserción en este escenario y de qué forma consideras que tu libro toma una posición contrahegemónica frente a esas dinámicas editoriales?

R. El concepto de «padrinaje» me parece violento y sesgado. Cara dura, si me permites la informalidad. No es novedad que a las autoras que trabajamos este género nos hayan tratado de locas, trastornadas; a más de alguna le han preguntado si es que acaso nuestros hijos / pareja / mamá / papá saben qué tipo de cosas escribimos y qué piensan de eso, por darte un par de ejemplos cotidianos. A mi modo de ver, más que «padrinaje» es «matonaje»: ha existido una lucha constante para que no invisibilicen tu obra —para autorías, están las redes sociales—. Yo no sé qué clase de «padrinaje» te podría maltratar de esa manera. No han sido pocas las veces en donde, a raíz de un encuentro o tertulia, hay cinco o seis autores que se sientan en una mesa para discutir sobre narrativa negra y, como que no quiere la cosa, ceden uno o dos cupos a las compañeras. Juzgue usted.

Más allá de lo tragicómico o patético de lo anterior —las dos opciones son válidas— existen talleres, autoras y autores; editoriales y personas dentro del ecosistema del libro que plantean todo lo contrario. Y ojo, no lo hacen por un tema de paridad, sino que de calidad literaria, de romper con la hegemonía y, obvio, de dejar morir preceptos literarios momificados para abrirse al universo de voces que no responden al cartel de «señor escritor». Sin ir más lejos, el tremendo trabajo como escritora, editora y tallerista de Pía Barros y su editorial Asterión; en el mismo sentido, el de Lorena Díaz Meza en Ediciones Sherezade. Es cosa de revisar sus catálogos y leer sus publicaciones para dar cuenta que existen escritoras fuera de serie.

En lo personal, jamás he estado en talleres o tutelajes con hombres como profesores. En cuanto al proceso de edición del Tráeme, lo trabajé con Tilo Nurmi —mi editor, un crack al que honro y agradezco siempre— que ha respetado a rajatabla mi voz autoral y cuyos consejos han ido en la línea de seguir potenciando mi estilo. Mis tres casas editoriales —Sherezade, Asterión y Los Perros Románticos— jamás me han «llamado al orden» respecto a un texto o me han sugerido «oye, qué fuerte lo que pones aquí, mejor cámbialo, suavízalo un poco». Insisto, peco de ignorante frente al statement de «escrituras bien portadas»; yo escribo sobre temáticas que me pulsan, utilizo un lenguaje acorde sin caer en condescendencias; construyo a mis personajes de forma verosímil, como me plazca, y siendo honesta, por todo lo anterior, no soy de las que «cae bien». Más de alguna vez, Pía Barros me ha dicho que festino metiéndome «entre las patas de los caballos» y creo que eso se debe a que no necesito validarme, ganarme un podio, buscar aprobación o reconocerme como escritora con el permiso o beneplácito de una «autoridad competente». Mi foco está en ser fiel a mí misma, a mi voz y a tener la suerte de habitar en quien está leyendo algo mío, por el momento en que dure esa experiencia.

5. Mirando en retrospectiva tu evolución desde tus primeros textos hasta este debut novelístico con Los Perros Románticos, ¿identificas un hilo conductor estético o temático que conecte tus mundos de ficción breve con este Santiago nocturno, destartalado y crítico que retratas en la novela?

R. De todas maneras. Independiente de la localización, resulta natural y excitante ponerme el snorkel y sumergirme hasta el fondo de la sentina a buscar sentido, belleza, dolor. El escritor Juan Carlos Cortázar, quien presentó el Tráeme en la Furia del Libro de Invierno del año pasado me comentó que una de las cosas que más destaca de la trama es la atemporalidad; podría haber sucedido en cualquier lugar del mundo y en cualquier época. En Larvados y [Medular] sucedió algo parecido y creo que tiene que ver con que los temas desde lo social nos trazan a todas y todos por igual, independiente de la cultura, tiempo o latitud. Santiago de noche, destartalado, caótico y en estado eterno de inflamación responde a las mismas somatizaciones y neurosis que cualquier urbe posee: son quienes habitan en estas ciudades los que como fractales las padecen y en conjunto consagran el mosaico. Ahora bien, como te conté antes, para mí la escritura es un oficio político, lo quieras o no te posiciona en una vereda determinada; hay denuncia, hay rabia, hay impotencia, pero también ternura. Depende de cómo se trabaja el texto, desde la técnica y la densidad narrativa es que un microcuento, cuento breve, o novela se define como tal y no como un aforismo, panfleto, rabieta, o simple anécdota.

6. Pensando en lo que viene para tu catálogo y en la recepción que está teniendo el libro, ¿estás planificando actualmente alguna nueva publicación o tal vez el regreso al formato corto, y tienes agendadas fechas para lecturas públicas o conversatorios en el circuito literario local próximamente?

R. Por un lado, estoy disfrutando del momento. La novela ha tenido una excelente recepción tanto aquí como en España, Uruguay, Argentina, Alemania y México. Me han preguntado mucho acerca de la posibilidad de una secuela y hasta que Estrada no vuelva de vacaciones no puedo asegurar nada, pero el deseo que no me suelta es ver al Tráeme convertido en una pieza audiovisual.

En términos de escritura, estoy trabajando en un libro de cuentos ya no tan breves que, espero, vea la luz el próximo año y planificando repetir el dirigir dos talleres de iniciación a la narrativa y de narrativa negra. Las experiencias previas fueron buenísimas, muy nutricias para todas y todos quienes participaron.

En agosto viajo a Montevideo invitada a la cuarta versión del Coloquio sobre Género Negro «Días Contados», que me tiene entusiasmadísima, ya que es tremenda posibilidad de compartir con gente que está en la misma sintonía. Me enviaron fotos de la revista que realizaron para esta versión y me emocioné al ver que incluyeron un cuento inédito mío y una reseña de la novela que escribió un grande del circuito, como Marcelo González. ¡No puedo más del orgullo!

En general, soy más de conversatorios que de lecturas públicas. La posibilidad de compartir entre todas y todos con la excusa literaria resulta gratificante. Hay algunos planes preliminares con dos librerías en Santiago y apenas se concreten, de seguro que se publicarán en las redes de quienes correspondan. Sería lindo hacer algo en regiones; la presentación del Tráeme en la Feria del Libro de Valdivia en noviembre pasado estuvo genial y me encantaría poder realizar algo más íntimo en otra parte; soy de las que trato de «ir a todas» así que si está el espacio y las ganas, yo feliz.



 

Comentarios