FELIPE FUENTEALBA - ENTREVISTA

 



   Pragmata (2024) pone la mirada en los objetos cotidianos y las rutinas simples, mientras que Incendios (2019) retrata la desolación de la provincia y las catástrofes físicas y morales. ¿Qué hilos invisibles conectan el universo desastroso de esos once cuentos con la intimidad y el peso del tiempo que habitan en tu último poemario?


R. Es una buena pregunta. Probablemente la conexión principal entre ambos libros es cierto tono de tristeza o melancolía, muy a mi pesar, porque yo procuro ser más bien un tipo alegre, pero bueno, no lo he podido evitar. Son dos libros bien distintos, la verdad. En Incendios la amenaza es casi siempre externa, mientras que en Pragmata es interna. Y en vez de amenaza debería decir perplejidad. Eso es. Ambos libros comparten una perplejidad porfiada, que es mi estado de ánimo habitual.




Tu formación y docencia en filosofía, especialmente en la fenomenología, se percibe con fuerza en tu obra. ¿Cómo opera la transición de esa mirada filosófica cuando decides volcarla en la estructura de una trama narrativa frente a la libertad fragmentaria de la poesía?


R. Pragmata lo escribí completamente influido por la filosofía de Heidegger. Uno de los epígrafes es suyo, de hecho. Comencé a escribirlo en una época en la que me encerré a estudiar Ser y tiempo —que no es algo que recomiende mucho— y a los pocos días me di cuenta de que todo lo que veía lo interpretaba según Heidegger. Eso no es infrecuente. Si uno se encierra a leer a Aristóteles, al cabo de un tiempo vas a ver puras substancias y accidentes. Pero en esa época yo vivía solo en un departamento en la calle Los Carrera en Concepción y leía Ser y tiempo de día y por las noches escribía Pragmata y ambas actividades era inevitable que acabaran fundiéndose, por decirlo así.

En Incendios seguramente, si me pongo a hilar fino, voy a hallar indicios de alguna filosofía, pero ese libro básicamente lo escribí por la perplejidad que me produjeron los incendios del 2018, para dar forma a esa perplejidad.


Para ti como creador, ¿cuáles son las principales diferencias a la hora de abordar el lenguaje, el ritmo y el silencio cuando escribes narrativa en comparación con el proceso de construcción de un poema?


R. Quiero creer que ninguna. O sea, procuro que el cuidado por el ritmo y la música de cada frase sea lo más prolijo posible tanto en narrativa como en poesía. Leo mucho en voz alta y corrijo mucho, siempre pensando en la música de las frases, que para mí es lo más importante. Seguramente no tengo éxito, pero al menos lo intento. En narrativa, claro, el asunto es más difícil porque las frases se multiplican por cien y a veces la trama te obliga a meter ciertas palabras, aunque no te gusten. La poesía es más pura, en ese sentido. La poesía es más pura y superior. Infinitamente superior.


En Pragmata hay una observación afectiva de lo común, como una puerta o una despensa vacía. ¿Sientes que la poesía te permite sanar o procesar esas pérdidas sin retorno que en Incendios quedaban abiertas y expuestas a la catástrofe?


R. Sanar, sanar, no sé. No sé si la poesía permita sanar algo, al menos a mí no. Creo que las heridas se sanan en la vida real no en la poesía o narrativa, pero quién sabe. Todo eso supone que yo tengo o tenía algo que sanar, de lo cual tampoco estoy seguro. Cierto, Pragmata es un libro muy íntimo, mientras que Incendios es más catastrófico, pero en ambos, creo yo, pero puede que esté equivocado, late una esperanza o una felicidad secreta. Ojalá.





Con dos mundos literarios ya consolidados en tu trayectoria, ¿te encuentras trabajando actualmente en alguna nueva publicación que siga explorando estos géneros, o estás experimentando con nuevos formatos híbridos?

R. Estoy ultimando una novela que escribí gracias a un Fondo de Cultura (otorgado por el gobierno pasado, no por este, cuyos representantes no estoy seguro de que sepan qué es la cultura). Es una novela, lamento decirlo, que trata sobre incendios, ahora más catastróficos y escrita con más perplejidad. Cuando escribí Incendios, el libro de cuentos, pensé que no volvería a ver incendios peores que esos, que fueron los del 2018. Pero después vinieron otros peores, y ahí me puse como meta escribir una novela, porque ya los cuentos se hicieron chicos.


Tras el lanzamiento de tu último poemario, ¿tienes agendada alguna lectura pública, conversatorio o presentación en ferias literarias próximamente donde tus lectores puedan encontrarse con estas dos facetas de tu obra?

R. Nada agendado, ninguna invitación. Tampoco creo tener lectores, así que mi inactividad social no decepciona a nadie.


Muchas gracias por la entrevista.

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