RESEÑA - HESSE KASSEL, MORIR SALTANDO (2026)

 



Por Mati -Lofi


      El humo del cigarro corta a medias las luces rojas de la sala y Morir Saltando se desliza por los parlantes como un trago amargo que raspa pero reconforta. Hesse Kassel ha vuelto a abrir la puerta de su sótano sónico para soltar una criatura que no busca complacer a nadie, sino más bien incomodar con elegancia. Este segundo LP se siente como entrar a un living clandestino a altas horas de la madrugada, donde el confort del jazz y la psicodelia se desarman a mitad de camino por culpa de un ataque de pánico eléctrico. No hay adornos plásticos acá; es el pulso de seis tipos encerrados sudando la gota gorda, transformando la ansiedad en un groove espeso que te atrapa el cuello desde la primera escucha.

El sexteto santiaguino se mueve con soltura en ese límite peligroso donde el vanguardismo se topa de frente con la rabia callejera. Sus letras esquivan los discursos panfletarios para morder desde la ironía cotidiana y el desencanto urbano, escupiendo verdades a medias sobre bases rítmicas que mutan sin pedir permiso. Canciones como la monumental "Pornomiseria" estiran el chicle de la cordura durante catorce minutos de pura tensión contenida, mientras que "No Me Puedo Relajar" funciona como el soundtrack perfecto para una crisis nerviosa en el paradero. Es art punk cocinado a fuego lento, un collage de guitarras angulares y arreglos impredecibles que demuestran que la banda sabe perfectamente cuándo sonar sofisticada y cuándo prenderle fuego al boliche.

Si miramos hacia atrás, el fantasma de su debut La Brea todavía se siente en la densidad del ambiente, pero este nuevo paso esquiva el peligro de repetirse el plato. Donde antes había una masa densa y por momentos asfixiante de post-rock oscuro, ahora encontramos un espacio limpio, un aire de improvisación libre que le hace muy bien a la dinámica del grupo. El gran acierto de Morir Saltando es haber registrado esa fricción humana del vivo, puliendo los cortes bruscos y dándole más personalidad a las texturas de los vientos y teclados. Sin embargo, en ese afán de estirar las estructuras y jugar al caos controlado, por momentos el disco coquetea con la sobreinformación, dejando al oyente flotando en pasajes instrumentales que estiran la tensión un pelo más de la cuenta antes de entregar el golpe final.

Al final del día, este bicho de 44 minutos se para con insolencia en el centro de la mesa y se convierte en un mapa de ruta indispensable para entender hacia dónde va la vereda independiente en Chile. No es solo un gran puñado de canciones ruidosas y complejas; es la prueba viva de que la nueva escena nacional está perdiendo el miedo a la ambición y al cruce de géneros sin uniforme. Hesse Kassel firmó un trabajo que suena a Santiago de noche: rústico, noctámbulo, sobreestimulado y profundamente honesto. Un disco que no se escucha de fondo mientras limpias la casa, sino que exige sentarse, apagar el teléfono y dejarse arrastrar por el living experimental que acaban de inaugurar.




Comentarios