RESEÑA: PHILIPINA BITCH / TE, PAPAYA Y COMPLETOS

 

  



    Té, papaya y completos (2007) quedó registrado en la historia del under chileno como un monumento a la libertad creativa y al desparpajo de la escena de Concepción. El álbum debut de la banda, comandada por Felipe Ruz y Sebastián Orellana, se estructuró bajo la premisa del juego extremo y la subversión de las formas tradicionales del rock. Lejos de las producciones pulcras de la época, este trabajo se convirtió en un pilar de la psicodelia disonante y el indie folk de baja fidelidad (lo-fi), atrapando la atención de un circuito que buscaba crudeza acústica y texturas ásperas por sobre la perfección técnica.

El verdadero motor de este disco fue su caótico e impredecible ritmo creativo. La mayor parte de las canciones se fue armando de forma espontánea directamente en las sesiones de grabación, comandadas por Ruz y Orellana. El sonido que nos llegó en cortes míticos fue el resultado directo de la improvisación pura; de hecho, varios temas se registraron sin ninguna noción previa de lo que se iba a tocar. Si bien el álbum adolece por momentos de la dispersión propia de un experimento en vivo, esa misma falta de cálculo es la que le otorgó su frescura. Conviven ahí ideas maquetadas previamente junto a la lisergia del momento, todo remasterizado posteriormente por Pablo Mura y editado bajo el cuidado visual de Vadim Strika y el diseño de Iván Molina (Family Cat Design).

El carácter colaborativo de la vieja escuela penquista también dejó su huella en los surcos del álbum. Las texturas del disco se enriquecieron con las intervenciones de invitados precisos, como la batería de Javier Garay en "285", las voces de Francisca Barberis en "Río de la locura" y Gabriela Ortega en "Caracolito", además del crujido sonoro de Catalina Bustos en "Pichimeana". A casi dos décadas de su lanzamiento un 25 de agosto de 2007, Té, papaya y completos se lee hoy no como una obra maestra inmaculada, sino como el fiel reflejo de una era: un registro crudo, a ratos fragmentado, pero imprescindible para entender los alcances del riesgo y la falta de pretensiones en el rock independiente nacional.






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