1. Emilio, si miramos tu actualidad en el ecosistema de las letras independientes, ¿cuál es tu presente en el ámbito literario, en qué andas metido hoy en día y cómo conviven tus distintas facetas creativas e investigativas en este momento?
R. Estoy en varias cosas al mismo tiempo. Mi último libro de música publicado, “No somos Beethoven”, aún está moviéndose y tuve la suerte de que algunas editoriales extranjeras lo publicaran en sus países, así que es un libro en el cual aún estoy metido mentalmente, pero también estoy escribiendo narrativa, específicamente un libro de cuentos, así que estoy con la otra mitad de la cabeza en eso. Y, claro, todo eso convive con mi investigación formal acerca de los fantasmas de literatura chilena para mi tesis. Son cosas distintas, con enfoques y tonos diferentes y a veces se cruzan los cables, pero en general son actividades que me gustan mucho, las disfruto, y las logro complementar y sacar adelante.
2. Pensando en tu camino desde tus primeros textos hasta tus publicaciones más recientes, ¿Cómo nació y se fue consolidando este estilo narrativo tan propio, fuertemente cruzado por el pulso del punk, la crudeza del realismo sucio y los códigos de la cultura pop?
R. Creo que al principio, como nos pasa a casi todos los que escribimos, trataba de imitar a mis influencias o referentes literarios. No lo hacía a propósito, claro, pero inevitablemente al comienzo es difícil sacárselos de la cabeza al momento de escribir, se cuelan y muchas veces no tenemos los ojos preparados para darnos cuenta de que más que influencia es una imitación. Pero con el tiempo, escribiendo mucho y leyendo mucho, en mi caso al menos, fui de a poco logrando una voz mía, personal. Las influencias sigue ahí, por supuesto, pero hoy son solo eso, influencias que se mezclan de tal forma que desaparecen en una voz mía. Creo que llegar a eso me tomó mucho tiempo. Creo que recién en el libro Noches en la ciudad (2017) comenzó a asomar esa voz, y creo que ya la desarrollé en pleno en la novela Los muertos no escriben (2021).
Las influencias, claro, no vienen solo de la literatura. Como bien dices, a mí el punk es algo que me ha influido en la forma de escribir. No me refiero a las temáticas necesariamente, sino a una forma de escribir, directa, sin grandes rodeos y un poco insolente. Lo mismo pasa con lo del realismo sucio o con la cultura pop, pero también con el cine o incluso con el humor de grupos como Monty Python o de Douglas Adams. Inevitablemente hoy también pienso en motivos o símbolos que me vienen desde mi formación más académica. Todo eso está metido en una juguera y se mezcla en lo que escribo. Hoy ya me sale de forma natural y trato que no haya nada nada pretencioso o fingido en lo que hago.
3. Tu libro No somos Beethoven. Una genealogía del punk antes del punk propone una tesis provocadora al rastrear la actitud punk dos décadas antes de su explosión oficial en los setenta. ¿Cómo nació la idea de armar este ensayo y qué te llevó a buscar esos hilos conductores en figuras que van desde Elvis hasta bandas de garage de los sesenta?
R. Empecé escribiendo textos sueltos sobre artistas o canciones y su relación con el punk para publicar quizás en un blog o alguna web. Pero un día me di cuenta de que tenía varios de estos textos y que quizás podía hacer algo más grande con ellos y así salió esta idea de armar un libro acerca de las décadas previas al punk, o al “punk antes del punk”, como le puse de subtítulo.
Las ideas del libro siempre las he tenido, aunque creo que no de forma tan clara ni consciente como ahora. Siempre pensé que la semilla del punk rock estaba en letras de canciones como “C’mon Everybody” de Eddie Cochran, o en Jerry Lee Lewis quemando el piano en pleno concierto, o en artistas oscuros y salvajes como Link Wray rompiendo los amplificadores para sonar más sucio. Y todo esto pasó en los años cincuenta. Y en los sesenta están The Sonics y un montón de bandas que tomaban sus instrumentos y se lanzaban a hacer música simple, directa y ruidosa, sin importarles ser virtuosos ni bonitos, solo con la actitud. Y si no tenían sellos que quisieran editarlos, ¡daba lo mismo!, creaban sus propios sellos. Todos los chiclés del punk ya venían de mucho antes, pero ese hilo conductor desde Elvis hasta Iggy Pop no había sido visibilizado como algo orgánico, coherente. Creo que ese es el mérito de este libro, atrapar toda esa música salvaje, ordenarla y darle una narratividad desde la mirada del punk.
4. Ligado a ese mismo libro, ¿de qué manera crees que el postulado de que "tres acordes bastan para desafiar a Beethoven" y el rescate de la imperfección musical dialogan con tu propia filosofía al momento de sentarte a escribir ficción?
R. El rescate de lo imperfecto y la posibilidad de hacer cosas sin ser un experto me han influido hasta la médula. No me interesa escribir páginas y páginas bonitas para demostrar vocabulario o recursos literarios, ni me interesa escribir por vigésima vez la misma alegoría rebuscada para ser aceptado en ciertos círculos lectores. Mis intereses son los que están en mis cuentos, en mis novelas y en mis libros de música, y mi forma de escribir es la que me hace sentido y la que disfruto escribiendo. No es necesario ser James Joyce para sentarse a escribir.
5. Más allá de tu rol como autor, eres parte de Santiago-Ander Editorial. ¿Cómo equilibras el trabajo de gestionar un catálogo independiente enfocado en la música y la contracultura con tu propio espacio de escritura, y qué significa para ti sostener este proyecto editorial en el Chile actual?
R. Santiago-Ander es un proyecto que quiero harto y al que le dedico harto tiempo. Con mi socio Pablo hemos trabajado en ello por diez años y afortunadamente hemos logrado un buen espacio en el mundo editorial chileno, pero ha sido difícil y agotador. A veces quiero escribir mis propias cosas y no puedo hacerlo porque necesito revisar o editar algún libro de Santiago-Ander, pero es un sacrificio que todos los que trabajamos en editoriales independientes hacemos. Lamentablemente los ingresos no dan para contratar gente o delegar funciones; en el mundo independiente, los editores tenemos que hacerlo todo. Pero ahí estamos, con diez años de trabajo y un catálogo bonito, que nos gusta y que al menos nosotros consideramos importante.
En mi caso, además, me divierte. Me parece de lo más entretenido ir buscando qué publicar, sacando ideas e ir viendo cómo se van haciendo realidad. Es casi mágico pensar en que todos esos libros en algún momento fueron una idea y una página en blanco y mira ahora, ahí están en las librerías o en las bibliotecas de lectores y lectoras. Creo que Santiago-Ander es un granito de arena en la cultura de este país y me encanta que sea con libros que además me divierte hacer.
6. Para cerrar, ¿qué se viene en el futuro próximo para Emilio Ramón? ¿Hay algún manuscrito o nuevo libro cocinándose en el tintero, o qué nos puedes adelantar sobre tus próximos conversatorios, ferias y presentaciones?
R. En lo que queda de año vienen varias cosas con la editorial, Primavera del Libro, Santiago Horror Fest, Pulsar, Furia del Libro, Letra Sónica, etc. Y en mi caso personal, sí, estoy trabajando en un volumen de cuentos que me tiene muy entusiasmado. Empecé a escribirlos hace muy poco y han ido saliendo muy rápido, como si hubiera destapado alguna válvula que me tenía atascadas las ideas para escribir cuentos. Mandé uno a un concurso y saqué el primer lugar, y eso me dio la confianza para decirme “sí, están buenos estos cuentos, no estoy loco”, así que ahí estoy con eso. Espero que pronto pueda terminar ese libro y que se interesen en publicarlo.



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