Hay algo extraño en la manera en que transcurre el tiempo cuando uno se detiene a mirar el recorrido de ciertas bandas. Algunos discos quedan asociados a momentos específicos de nuestras vidas, a lugares, personas o épocas que probablemente ya no existen de la misma manera. Después vienen los años, las transformaciones personales y esa sensación de que algunas cosas pertenecen definitivamente al pasado. Sin embargo, basta volver a escuchar una canción para comprobar que no todo se ha ido. Quizás por eso resulta interesante encontrarse nuevamente con Congelador, una banda que lleva tres décadas construyendo una trayectoria al margen de las urgencias y que, con Distancia, parece recordarnos que la música también necesita sus propios tiempos.
Desde sus primeros registros a fines de los noventa, Walter Roblero y los hermanos Rodrigo y Jorge Santis han desarrollado una discografía marcada por la experimentación, la independencia y una permanente inquietud por explorar otros territorios sonoros. No han sido precisamente una agrupación prolífica en cuanto a publicaciones, pero sus pausas discográficas tampoco significan necesariamente inactividad o falta de ideas. Después de Persona (2016), tuvieron que transcurrir diez años para conocer un nuevo larga duración, un intervalo considerable si pensamos en los ritmos actuales de producción y consumo musical. En ese recorrido, Congelador ha sido parte de una escena que entendió la autogestión como una forma de trabajo y la exploración como una manera de mantenerse vigente. Así, la llegada de Distancia, editado por Amuleto en enero de 2026, coincide con sus treinta años de trayectoria, aunque más que funcionar como un ejercicio de nostalgia o celebración, representa otro capítulo en una historia que todavía parece interesada en moverse.
Lo primero que llama la atención de este nuevo trabajo es el desplazamiento de su tradicional formato de power trío hacia una propuesta donde las guitarras ceden protagonismo a los sintetizadores, las secuencias, las baterías programadas y las texturas electrónicas. Hay elementos de ambient pop, dream pop, post-punk electrónico e incluso pasajes cercanos al IDM, pero resulta difícil encerrar el disco en una sola clasificación. Las siete composiciones muestran distintas direcciones: mientras Blanco, con Renatto Olivares de Hesse Kassel, conserva algunos vínculos con el sonido más reconocible de la banda, La Meridional, junto a Laurela, se extiende durante más de catorce minutos entre cambios de atmósfera y exploraciones instrumentales. Por su parte, a.k.a Lore, de Chicarica, participa en Suncosta, Soltanto y Discosta, aportando una dimensión vocal que dialoga con los nuevos paisajes electrónicos. Es precisamente esta participación de otros músicos uno de los elementos que distingue a Distancia de sus antecesores. El resultado tiene momentos interesantes y otros donde la insistencia en determinadas atmósferas puede sentirse algo prolongada, pero existe una intención clara de no repetir una fórmula conocida.
En el apartado lírico también hay un cambio significativo. A diferencia de trabajos anteriores, donde la presencia vocal de la propia banda tenía otro peso, aquí las letras fueron desarrolladas principalmente por los artistas invitados, con la excepción de Soltanto, cuya letra pertenece a Rodrigo Santis. Esta decisión permite que cada colaboración incorpore una sensibilidad distinta y que las canciones encuentren una identidad que no depende exclusivamente de las composiciones instrumentales originales. Las voces de Renatto Olivares, Laurela y a.k.a Lore no funcionan simplemente como acompañamiento, sino que intervienen en la construcción de las piezas, aportando personalidad y nuevas formas de abordar el material. Hay una relación interesante entre esa diversidad vocal y la naturaleza del disco: las máquinas construyen buena parte de los paisajes, pero son las voces humanas las que terminan de darles carácter. Más que intentar imponer un discurso lírico uniforme, Congelador parece apostar por la convivencia de distintas miradas.
Distancia no es un disco que busque reconciliarse con el pasado ni tampoco una demostración de que una banda con treinta años de trayectoria necesariamente tiene que seguir sorprendiendo. Su principal mérito está en asumir el riesgo de modificar una estructura que durante años fue parte de su identidad, sin perder completamente ese carácter inquieto que ha acompañado su recorrido. No todas sus exploraciones alcanzan la misma profundidad y algunos pasajes podrían beneficiarse de una mayor síntesis, pero sería injusto medir este trabajo únicamente desde las expectativas que despiertan sus discos anteriores. Congelador ha elegido tomarse su tiempo, trabajar a distancia, incorporar otras voces y construir un álbum que mira hacia distintos lugares. Quizás ahí esté una de las ideas más interesantes de este regreso: entender que treinta años de música no obligan a permanecer en el mismo sitio. A veces, para seguir avanzando, también es necesario aprender a tomar distancia.

Comentarios
Publicar un comentario