LÉGAMO
CÍRCULO DE FUEGO (2026)
Gonzalo Vilo
Las horas aquí ya no se miden: se expanden. Lo que antes era una tarde ahora se estira como una semana entera. El sofá ha cedido bajo el peso repetido de mi cuerpo, mientras la televisión insiste en el mismo loop de declaraciones, informes y estrategias de una guerra que parece no terminar nunca. ¿Es real todo esto o apenas una coreografía del miedo? La sospecha flota, constante.
A veces me paseo alrededor de este cuchitril oscuro, leyendo a Bradbury o dejando que los discos de Vandermark 5 llenen el aire. El arte es lo único que calma, lo único que todavía parece fuera de alcance. Mis vecinos están en la misma. No sé cómo sobreviven. Al lado, Jaco —creo— sigue viviendo, aunque hace meses que no escucho su voz con claridad a través de la delgada pared. Dicen que consume algo nuevo, una droga que lo transporta hacia otros mundos. No lo culpo. Hace meses que desde su departamento salen sonidos extraños: una música vanguardista, fragmentada, que te empuja hacia un universo psicodélico y ucrónico. La última vez que lo escuché, gritaba sobre un círculo de fuego: “TAR TAR”.
Antes, cuando todavía podíamos salir, iba a verlo tocar en el Dubua Junto a su banda Légamo. Un proyecto de Valparaíso que lleva casi diez años mutando en silencio. Lo que alguna vez fue una rareza de culto entre pasillos oxidados y noches eternas, hoy se presenta como un sexteto afilado que combina punk mutante, desvaríos avant-prog y ráfagas de free jazz como si estuvieran invocando algo más grande que la música misma.
La música que ahora se filtra por la pared —y que sospecho pertenece a Círculo de Fuego— conserva esa esencia, pero la empuja más lejos: una grieta sonora donde una utopía solarpunk se levanta entre ruinas, con una psicodelia cruda y una narrativa sci-fi que no solo acompaña, sino que estructura el viaje. Siete composiciones que funcionan como portales: momentos de tensión, expansión y trance que parecen diseñados para la noche, pero también para sobrevivir la rutina. Hay una intención clara: incomodar, abrir, empujar la imaginación hasta que duela un poco.
Y en medio de todo eso, vuelve una idea que no me suelta. Jaco me habló de esto hace tiempo, antes de que todo se viniera abajo: grabar un disco así y después irse. Salir de Valparaíso, cruzar lo que quedara en pie y huir hacia La Serena, una de las pocas ciudades libres que —según él— todavía resistían. Escuchando esto ahora, encerrado, no puedo evitar pensar que Círculo de Fuego también es eso: un mensaje cifrado, un mapa, o al menos una promesa.
Jaco es el centro de este delirio orbitante, un personaje que no necesita explicarse porque su historia está incrustada en cada capa del álbum. Légamo construye una experiencia que funciona como la banda sonora de una revuelta ganada, un futuro improbable donde humanidad y naturaleza se reconcilian mientras todo vibra en frecuencias extrañas.
Pero lo más potente del disco no es su ambición conceptual, sino su honestidad brutal. A pesar del refinamiento y de las colaboraciones que expanden su universo, la banda sigue sonando como lo que es: un proyecto nacido en el under, visceral y sin domesticar. Círculo de Fuego es una carta de identidad, pero también una declaración de principios.
Y mientras sigo acá, con el ruido lejano de ese otro mundo atravesando la pared, la idea persiste: salir. Irme. Llegar, de alguna forma, a esa ciudad libre. Aunque sea siguiendo el rastro de esta música.
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